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CRÓNICAS: VIVENCIAS DE AYER Y LOS RECUERDOS DE HOY...
CONTENIDO
Fecha: 09/05/1987
Titulo: LURICOCHA
Autor: Alberto Llanos
Fecha:
Titulo: Borracho Soy
Autor: Alberto Llanos
Fecha:
Titulo: El día que no llegó
Autor: Alberto Llanos
Fecha:
Titulo: Luricocha
Autor: Alberto Llanos
Fecha:
Titulo: La Carta Violada
Autor: Alberto Llanos
Fecha:
Titulo: Volvió Así
Autor: Alberto Llanos
TITULO:

LURICOCHA

Foto del Autor
FECHA:
Huanta, AYACUCHO
AUTOR:
Alberto Llanos
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LOS JUEGOS ROJOS DEL SOL

El sol jugueteaba con la tierra. A las diez de la mañana le envió un tremendo fogonazo de calor que pareció repetirse el pleistoceno. Luricocha ubicada en la provincia de Huanta (Ayacucho), repelió ese descomunal ataque de la naturaleza a través de enormes vasos de chicha repletos de sed que expandían un refrescante aroma de maíz. Ardían los árboles, las paredes de las casas se cuarteaban imperceptiblemente y las calles empedradas sudaban despidiendo un espeso vapor volátil como los finos polvos del camino. El dios de los vientos se había quedado cruzado de brazos.

En esa parte del mundo se celebraba el día de LAS CRUCES. Bajo ese intenso calor de mayo, arribé aquella mañana a Luricocha acompañado de mi hermano Alex que se animó a ir conmigo para hacer más llevadero el corto viaje desde Huamanga. Por formación, él se manifestaba casi siempre indiferente a los asuntos religiosos y de conciencia, pero era sensible y respetuoso de lo que hacían o sentían los demás. Yo lo quería bastante porque era simple y justo. Hablamos poco, salvo cuando trató de explicarme el uso y la función de un teodolito que por sus complicadas versiones técnicas, no comprendí nada. “Eres un opa...de mierda” , me dijo golpeando su puño derecho.

A ese inmenso calor ya lo habíamos percibido cuando pasamos por Huanta y lo confirmamos al internamos por aquel camino recto que a ojos cerrados hacía llegar a Luricocha en cortísima jornada. Alex trataba de aparecer fresco y lúcido, sin embargo, noté que las venas de sus sienes estaban bastante dilatadas y sus ojos brillaban demasiado. Yo también sentía los estragos y de repente mis sienes y mis ojos estarían igual como los de Alex. Lo cierto era que ambos nos engañábamos aparentando una suerte de serenidad frente al calor de ese terrible sol. “...Podríamos hacer el comercial de alguna cerveza”, le dije, descubriéndome de esa hipocresía que Alex la ratificó con una fuerte carcajada.


LURICOCHA, ERA

Luricocha, ese modesto centro poblado que para el orden político -administrativo continuaba como distrito de la provincia de Huanta, se constituyó en el lugar de mis preferencias para hacer los escritos de algunas poesías que pude haberlos roto después, pero al fin y al cabo era un hermosísimo paraje de inspiración porque reunía todos aquellos elementos requeridos -en mi caso personal- para constatar o huir a veces de la realidad que vivíamos. Ruralidad, indigenismo, pobreza, olvido, policías, metrallas, niños descalzos, temor, parapetos, iglesia, oraciones para vivir, viudez, misticismo, casas abandonadas, silencio, muchísimo silencio...

Luricocha había devenido de anteriores épocas de fructíferas cosechas, de atractivas ferias y de la bonanza del comercio de la coca y del alcohol, en otro centro casi despoblado, devaluado y marginal. Pero no se extinguió ni trataron de desaparecer a la famosísima fiesta de LAS CRUCES. Por ello, cuando ese día nos posesionamos en la plaza principal, nos sentimos parte de aquel evento costumbrista extraordinario y de admirable belleza.

El calor continuaba y arreciaba por la cantidad de mayorales de chicha que con enorme dignidad se levantaban por encima de los sombreros para vaciarse en las gruesas y sedientas gargantas de la gente. Era la gran batalla del sol contra la chicha, o también, de la chicha contra el sol. Cuando centenares de codos se empinaban y un solo de sorbos henchía los pechos de los hombres y de las mujeres, inobjetablemente estaba ganando el sol. Con esa misma certeza y cuando disminuían las ansias de beber, se imponía la chicha. La confrontación era de igual a igual. Hasta cuando la gente se detenía para decir ¡SALUD! trataba de sacar ventaja el sol; y, la chicha por su lado, jugaba su partido manteniéndose fresca en el interior de los grandes y pequeños contenedores de barro que estaban cubiertos con tocuyos y otros trapos bien humedecidos.

Solamente después del mediodía el conflicto fue saldado. Hasta mucho antes del zenit, sin embargo, la cuestión estaba muy reñida y el hecho de estar o no borracho era irrelevante. De pronto se creyó que el sol ganaría con su tremendo sopor en vista que estaba agotándose la munición, es decir, la chicha se estaba acabando. En esa guerra limpia como en ninguna otra que hubiera ocurrido el Luricocha, no se registraban ni muertos ni heridos. Era una cosa de valor, estoicismo, dureza, terquedad o en última instancia, una cuestión de honor sin excesos, sin violaciones y sin “fuego” ni “chichazos” por la espalda.


SÍ, NI ‘CHICHAZOS’ POR LA RETAGUARDIA

El sol, un millón trescientas mil veces más grande que la tierra estaba arriba y la gente, de sólo un metro sesenta de estatura promedio, estaba abajo. Aún esas incomparables diferencias, cada quien estaba ubicado en su respectivo lugar. Pero si la chicha se estaba terminando, ¿de dónde proveerse? Huanta no daría ni una sola gota del líquido en apoyo a la causa de Luricocha, porque su lealtad al astro rey, tendría que ser congruente con aquella misma fidelidad que juró a la corona española, cuando desconoció el triunfo criollo sobre las huestes realistas en la batalla de Ayacucho que puso fin a la colonia del Perú y América en 1824. Con Huanta descartada y lamentándonos no contar con su poderosa chicha de siete semillas, que como un exocet hubiera estremecido al astro sol, se creyó prudente racionar la propia limitando su consumo solamente entre las mujeres, niños y ancianos porque los hombres podían todavía «aguantar». Se dispuso como medida previsora, ganar los escasos márgenes de sombra de los aleros de los árboles, toldos y techos.

Yo nunca había estado en un campo de batalla de esta naturaleza. Los hombres corrían desesperados ordenando correctamente a sus mujeres, niños y ancianos. Les explicaban cómo debían secar al mayoral, que no se arrojara al piso ningún sobrante y les recalcaban que no debían secarse el sudor de sus rostros a fin de mantener la misma temperatura. Ordenes estrictas que se cumplían sin dudas ni murmuraciones. Este trance de reordenamiento logístico que debilitó por un momento la estrategia bastante bien calculada por la chicha, fue aprovechado inteligentemente por el sol y envió un mortífero “FOGONAZO II” que sorprendió a toda la gente. Una especie de incendio humano pareció haberse producido en Luricocha. La gente toda enrojeció de calor. Se volvieron rojos todos los rostros. Así de rojos, sin embargo, asimilaron el embate retrucando de inmediato la orden. ¡...Que se siga tomando la chicha...Que todos tomen...No importa que se acabe...! , eran las voces. Unas fuertes y otras exangües que trasmitían la nueva determinación. Así, la cuestión se planteó con la firme convicción de pelear sin tregua hasta “quemar” el último vaso de chicha.

Como un solo hombre todos acataron la orden de volver a la carga. La población entera que se hallaba ese día en Luricocha, empuñó de nuevo entre sus manos cualquier objeto que recipiente lo fuera y a chichazo limpio volvió a batirse heroicamente contra el sol. Este, siempre arriba a ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia, brillaba con mayor intensidad como sorprendido por la recia terquedad de un puñado de indios que había tomado en serio dar respuesta a su poder cósmico. “El pueblo, unido...Jamás será vencido”... “Combatir y resistir”, eran las proclamas de entusiasmo y de incentivo que brotaban con sonidos de trueno de la multitud.


LA COBARDÍA DE LOS MAL LLAMADOS PACIFISTAS

Los meses de abril y mayo fueron siempre candentes en Luricocha y aunque esta coyuntura climática se tornó indiferente porque no constituyó ningún factor de sorpresa, era innegable sin embargo que el influjo solar estuviera ahí nuevamente penetrando por las narices de la gente. Yo opté por abrigarme y no oponer ninguna resistencia a toda esa fuerza inmaterial de sol. Alex hizo lo mismo convirtiéndonos en dos cobardes pacifistas sin motivo y sin chicha para pelear. El se encerró en la camioneta y de inmediato el vaho de su transpiración lo hizo ilegible. Yo, en franca retirada, me senté en una de las bancas de la plaza y cerré mi casaca. Las lunas de mis lentes volvieron a empavonarse pero esa vez ya no las podía limpiar. No veía nada. Cerré los ojos y me quedé dormido.

Recuerdo que tiempo antes de esa circunstancia de orden planetario que me tocó vivir, visité Luricocha con mi amigo José María Salcedo que había viajado desde Lima en misión periodística. Lo llevé a conocer el tan mentado lugar y donde mi buen amigo registró patéticas fotografías de cosas, asuntos y situaciones que lo conmovieron inmensamente. Con su enorme máquina que hacía un fuerte “clic” disparaba como él mismo lo decía: “A MATAR...” para estar a tono con el sitio y las circunstancias.

Luricocha arribó a una ingrata notoriedad debido a que desde el mismo año ochenta se libraban en ese estratégico lugar los más duros enfrentamientos entre la subversión y las fuerzas del ‘desorden’. Una vez Sedero Luminoso tomó Luricocha atacando ferozmente la base policial, se mataron unos y otros y toda construcción pública y privada incluyendo el mismo local de la policía, fue prácticamente demolida por los dinamitazos que como noticia los medios periodísticos de Lima se encargaron de difundirla. Pero ahí siempre quedó la inerme Luricocha entre las brasas del sol para que la gente que quisiera se siga calentando hasta volverse roja de calor. Muchos tuvieron que salir a vagar por la región y en su trashumancia recolectora, llegaron también a Lima escapando de las lumbres de sus casas donde ya no podían sentarse para refrescar sus tardes. Estrellas, lunas, otro astro que no sea el sol, buscaban los jóvenes que tuvieron el coraje de quedarse en su pueblo soportando despiadadas persecuciones y criminales desapariciones que cambiaron el carmesí de sus rostros con el cenizo de las carbonizaciones. Temible era ese sol que abusaba quemando inmisericorde desde lo alto.


CREA FAMA Y ÉCHATE EN LA CAMA

Luricocha no pudo sacudirse de la gratuita fama que le dieron al señalarla como nido de senderistas. Se llegó a comprobar sin embargo, que de Luricocha procedían aquellas decenas de hombres y mujeres que un día aparecieron enterrados en las horrorosas fosas comunes de Capitán Pampa y Pucayacu ubicadas en la comprensión de Huanta. Yo los conocí a todos ellos, pero muertos y apestando todavía luego de haber sido vilmente asesinados. Atestigué su desentierro en dos oportunidades. Los sacaban de enormes huecos arcillosos con picos y palas. Todos vestían de bayeta y sus manos y pies estaban amarrados con sogas de nylon. En la morgue de Huanta los seguí viendo secos y desfigurados pero despidiendo ya no el olor de la carne podrida, sino aroma de jazmines y retamas. Más allá de la identificación de los cuerpos y las autopsias, con las lágrimas y abrazos de sus seres queridos, todos los cadáveres se embellecían más todavía perdonando a quienes les arrebataron la vida sin haberles concedido ese derecho. Con la presencia de hermanos de raza y de costumbres que los acompañaban orando y cantando, los muertos ya no estaban solos. Las tarimas, en las que se recuperaban a las víctimas, iban y venían de día y de noche en hombros de densas manchas de gente vestida de negro. Esa vez estuve con María y Julián constatando la impunidad.

Al referido colega José María Salcedo (amigo y hermano de tantas aventuras) y por mis respetuosas deferencias, lo llevé a conocer Luricocha en su estado más lamentable. Los bombardeos de Beirut eran la exacta equivalencia del caso. Y fue allí en Luricocha donde conocimos a esa familia sin padre y sin madre (extraña forma de decirlo) que estaba constituida por cuatro niños menores de unos 7 años la mayor, 5 el siguiente, 3 el otro y la última, una niña de pecho. Vivían en un pago ubicado en las afueras de Luricocha. La casa era de adobe y se presentaba bastante descuidada. Llegamos de casualidad porque nos llamó la atención una enorme humareda que se levantaba detrás de la rústica construcción que lindaba con el borde de la carretera. Una bandera peruana totalmente desteñida ondeaba en el modesto campanario de una especie de capilla que se ubicaba casi al frente de la casa de esa familia sin padres a donde entramos sin pedir permiso.

Los niños estaban ahí mal vestidos y sucios. Cada quien hacía lo suyo. Uno de ellos atizaba un montón de hojas y palos secos donde encima de éste se distinguía apenas una olla negra de latón que hervía botando su propio vapor entre el otro humo gris de las brasas. “...Estamos haciendo mote...”, dijo el niño. “...Ellos han muerto...”, contestó el pequeño de cinco años a la pregunta que por sus padres hizo José María, respuesta que contenía implícitas las circunstancias y hasta los culpables. La niña mayor estaba sentada bajo un alar de la casa junto al niño que dio la última respuesta. La niña de pecho estaba en brazos de la mayor y produciéndose en esa estampa de desolación la más grande ignominia humana. La de pecho tenía metido en su boca el dedo índice de la hermana protectora que ésta le daba para que la criatura no llore a causa del hambre que tenía. El dedo era el chupón y esa creación de Dios creía que estaba mamando el seno más rebosante de leche y sabroso de la tierra.


ESTE CUADRO ERA REAL

José María detuvo su máquina fotográfica y ambos nos estremecimos ante semejante cuadro de ofensa y de motivos. El advirtió y me lo hizo notar que en la pared del fondo del alar donde se habían ubicado todos los niños, había un dibujo de Simón Bolívar junto a otro de una bandera peruana. Reaccionando ante semejante ironía de símbolos, mi amigo se enterneció dulcemente y extrajo desesperado de su bolsillo unos billetes extendiéndolos y dejándolos cariñosamente en las manitas de cada niño. “Compren leche... pan...dulces... vayan, vayan....”, les gritó o les decía no lo sé, pero con un tono quebrado por el dolor de hombre. Terminamos fotografiando rápidamente un zapato viejo y salimos avergonzados del lugar.

La sangre nos hervía y el rostro de José María estaba totalmente descompuesto. Me miraba y de sus ojos flotaba en un líquido cristalino que podían haber sido lágrimas. Prendió un cigarrillo y con solo gestos expresaba su inmensa amargura. No lo podía entender y me hizo prometerle que nunca más lo llevaría a sitios como ése a los que calificó de “sediciosos” . José María estaba herido. “Inadmisible... ¡ Es totalmente inadmisible !...” , decía y remarcaba a cada momento hasta que llegamos a Ayacucho, donde aquella noche, creo que bebimos en el Hostal Santa Rosa hasta el amanecer.


¡INCREIBLE!

El pasado es un pedazo del tiempo que tiende a fugar de sus propios atropellos para reconvertirse en el mismo manotazo que nos engaña con la denominación de futuro. Cuando desperté de mi profundo sueño en aquella banca de la plaza de Luricocha, me pareció que haber vuelto a visitar la casa donde habitaba una familia sin padres. ¿Qué será de la vida de esos niños que todavía ahora lo serían?, me pregunté volviendo a la realidad. Alex había salido de la camioneta y paseaba por el cuadrilátero de la plaza. Para ese momento ya no había calor ni aquella batalla entre el sol y la chicha que dejé librándose antes de quedar dormido. El panorama era otro. Había terminando la misa y centenares de cruces, grandes, chicas, delgadas, gruesas, feas, bonitas, chuecas, pesadas y livianas daban vueltas en tropel por el perímetro de la plaza en una magnífica procesión pagana de fuerza bruta contrapuesta a las otras delicadas y resignadas de la costumbre religiosa cotidiana. Las cargaban hombres y mujeres de la forma como mejor lo podían hacer entre rezos y cánticos en quechua y castellano. Era el barullo más atronador del año en Luricocha con cuetes, instrumentos musicales de todo tipo y repiques de campanas.

Este imponente espectáculo protagonizado por la gran cantidad de cruces se efectuaba bajo los efectos de todo el volumen de chicha bebido por la feligresía de la que más de las tres cuartas partes de la población se había mantenido en pié. Las víctimas del sol yacían boca abajo o tendidos en las escaleras del templo totalmente verdes por la insolación. Pese a ello, la chicha con sus artificiales alegrías se sacudía en los estómagos retorcidos de la gente empujando millones de vibraciones positivas a sus cerebros poseídos. Aquella lucha librada entre marchas y contramarchas contra el candente sopor del sol, había dado buenos resultados en el ánimo de la resistencia colectiva. La música de una banda se entreveraba con la de otra y la mezcla de ambas se confundía con las tonadas musicales de todas las demás. Era todo un zafarrancho el sonido de las bandas. Mientras unas tocaban en tiempo de procesión, otras lo hacían en tiempo de desfile militar y otras por su cuenta lo hacían en tiempo de huayno. Pero en ese ambiente válido para toda la concurrencia se estaba cargando la Cruz que no era de uno ni de varios, sino de todos.

Las CRUCES lucían imponentes adornadas con satenes y otras telas finas que colgaban del madero trasversal, las mismas que sujetaban a la vez pesadas ofrendas de oro y de plata. Cristo se balanceaba en la devota imaginación de la gente. Las CRUCES eran profundamente sugestivas y ante ellas se bailaba, los «chunchos» venidos de la selva peleaban con el diablo y se bendecía a los sudorosos cargadores cuyas ojotas reventaban bajo el peso temático de sus pasos. Había cruces tan grandes y pesadas que la cargaban entre cuarenta o cincuenta personas y, otras chicas, que bastaba un solo cargador para portarla. Uno de éstos chocó contra mí y fui a parar contra un poste de luz. Reaccioné en los brazos de Alex que me ubicó entre tantísima gente.


EL ESPECTÁCULO DE LA CREENCIA DEL PUEBLO

Las CRUCES provenían de toda la comarca y de las vecinas. Ningún pueblo, anexo, comunidad, camino de entrada o de salida dejaban de tener su CRUZ del tipo o dimensión que fuera. Estaban hechas bajo el signo de la creación popular de dos o de una sola pieza y casi todas conservaban la textura del molle, el eucalipto o del sauce de donde nacieron. La tradición que seguía siendo el caudal de un río ignoto e inacabable, explicaba que la CRUZ era el símbolo más seguro que protegía al caminante y a su familia que dejaba y esperaría con resignación el regreso que a veces nunca ocurría. Debajo de ella, se arrimaba respetuosamente una piedra.

En la impenetrable memoria de los pueblos que duran por su colosal defensa de lo suyo, como en este caso, la piedra colocada en la base de una CRUZ sería la ofrenda para recibir el amparo bendito sea cual fuere el designio de Dios. Esa numerosa cantidad de CRUCES que todos los años convergía en Luricocha, procedía de la extensa región que abarcaba desde Huamanga hasta la selva del río Apurímac o, desde las colindancias huancavelicanas hasta las otras lejanas proximidades con Andahuaylas. Era de ver entonces la forma contrita y mística con que la gente cargaba cada uno de estos adorables símbolos. En condición de arrepentidos, mansos o llorosos, los tiernos, fuertes, débiles y hasta los más duros se rendían bajo los maderos pesados de cada CRUZ. “Así diluye el pueblo el peso de todas sus desgracias” , me dijo al oído Alex.

Por eso me agradaba Luricocha. A ese lacerado pueblo motejado y hundido en la ingratitud, viajaba regularmente para vivir en sus silencios lo que no podía hacer en otros lugares. Mi soledad estaba clavada en Luricocha y en las caídas de todas mis tristezas aquel lugar se convertía en mi inevitable destino. Ahí escuché otra vez que nada se apaga si antes no fue una llama encendida y reiteradamente solía escuchar al común de la gente decir: “..Y habrá tiempo para encontrarnos en camino angosto”. Un día que no fue fiesta de CRUCES y cuando ni el sol pudo romper un débil manto de nubes que abrigaba a ese huérfano pueblo, fui conscientemente a elaborar en silencio una composición en prosa a la que no me atreví llamarla poema.


DE DIA PUEDES TENER EL CALOR
DEL SOL,
PERO DE NOCHE
ERES PENUMBRA....

UN DIA, UNA NOCHE. NO IMPORTAN.

AMBAS COSAS TE DEFINEN.
DE DIA PUEDES CAMINAR. ATENTA,
ÚTIL,
PERO EN LA PENUMBRA,
TE ABATE LA NOCHE. ERES LA MUERTE.

¿POR QUÉ ENTONCES AMANECIÓ LLORANDO,
EL NIÑO?
¿POR QUÉ ENTONCES ANOCHECIÓ MURIENDO,
EL ANCIANO?

EN AYACUCHO SE LLORA Y SE MUERE,
SE AMANECE CON LA NOCHE
Y SE ANOCHECE CON EL SOL:
ES OTRA FORMA DE LOCURA, ¡TREMENDA...!



La espectacular fiesta de las CRUCES en Luricocha, era un irreductible motivo autóctono de enorme significación tomado de vivas y profundas esencias andinas que sus protagonistas cuidaban en mantenerla pura y alejada de los vicios de las otras fiestas mestizas que cotidianamente ocurrían o las hacían comercialmente ocurrir. En ellas, sin embargo, los feriantes eran verdaderas plagas perniciosas, así como cierto tipo de visitantes que utilizaban como pretexto eventos de esta naturaleza para realizar paseos huachafos y meterse de paso otra borrachera. Pero fuera de discutibles apreciaciones, en Luricocha se plasmaba con la fiesta y procesión de las CRUCES la evidencia de un universo de fe muy diferente y ajena a las estruendosas y avasallantes formas católicas.


¿LA RELIGIÓN ES EL OPIO DE LA GENTE…?

Aún así, un tolerante espacio del ritual religioso permitía un acto que en este caso muchos mascaban pero no tragaban. Un cura que se mantenía parado en el último escalón del amplio patio que precedía al templo, elevaba de rato en rato su incienciario para echar humo y consagrar a lo que abajo en el cuadrado de la plaza se estaba desarrollando, aunque no haya sido muy apropiado cargar entre carajos y tufos de licor el sagrado emblema donde murió Jesús. “La idolatría de cargar palos”, habría dicho un testigo de Jehová. Al sacerdote de túnica blanca y con blondas que le llegaban hasta debajo de la cintura, le chorreaban por el rostro gruesas gotas de sudor y era muy posible que el ardor que también había recibido de las corrientes abrasadoras del sol, le había hecho despojarse del gorro negro que siempre llevaba metido en la cabeza. El también se hizo rojo por las potentes descargas del sol y recuerdo que se ruborizó cuando en un momento le hice notar ese detalle. Todas esas incomprendidas infidelidades de conciencia ardían en Luricocha como jamás se supo de dónde provino el reabastecimiento de la chicha que se tomaba generosamente.

Más de dos horas de jaleo procesional llegaron a tocar definidamente la tarde. Estábamos agotados. Yo tuve la insolencia de retar al purismo confesional cuando a toda costa y después de recibir una tanda de rodillazos violentos y expulsivos, llegué a colocarme en una larga fila de ágiles cargadores que corrían jadeantes llevando en sus hombros una de las cruces más grandes. La proporción que me tocó cargar era una parte del peso de un mundo rabioso de odios y venganzas que se estaba limpiando. A cada balanceo del pesado madero sentía el hincón del odio que se expulsaba o la contorsión de la venganza reconvertida en otro sentimiento pero de generosidad y perdón. Una enorme cantidad de odios furiosos y venganzas irreconciliables que no pude identificar si eran propios o ajenos, se degradaron a través mío. Sin llegar a completar ni siquiera un lado del cuadrado de la plaza, abandoné avergonzado la cargada que atropellándome la cubrió una mujer bastante joven. Salí extenuado y eliminado comprendiendo lo que en verdad sería un pararrayos. Alex atestiguó mi experiencia y sonrió al recibirme. Me agaché dándole la razón por lo que me dijo. Luego de ayudarme a reponerme, me condujo hasta una de las bocacalles de la plaza donde una familia campesina -venida de la puna por los trajes gruesos y obscuros que usaban- le había invitado a comer. “Te hará bien...” , me dijo.


EL VERDAD, TODO ERA CIERTO

Era un círculo de gente, de manos extendidas, de comida y de sombreros. Tomé lugar en una parte de ese suelo digno transformado en una ocasional mesa de comer al ras de la tierra, que no solamente nos acoge para volver a ser más tierra, sino para juntarnos en la sabrosa armonía de tomar sus alimentos. Estaba ubicado junto a una anciana y a un hombre maduro a mi derecha e izquierda, respectivamente. La mejor mesa servida del mejor restaurante no tendría las características de la nuestra que tenía una amplia bayeta ocre de mantel ataviada con mates y cántaros de fina arcilla. Los cubiertos de oro macizo eran nada menos que cada una de nuestras propias manos. Dos criaturas habían dejado el dulce manjar del pecho de sus madres para saborear los deliciosos potajes que llevaban con ansias a la boca. Fue la merienda más sabrosa que tuve en esos años disfrutando las papas sancochadas de color, el ccapchi, las suaves carnes cocidas a la brasa, los tecctes, las habas (el riquísimo puspo) con mote, el chuño y el atacco; también, con el arroz de trigo, las zarzas de tomate con lechugas y los ajíes de todo sabor.....Pero sobre todo, gozando de mucho, muchísimo afecto y cortesía.

La señora de mi lado me alcanzó un pedazo de carne deliciosamente sazonada mientras que el señor de mi izquierda se puso de pie, se quitó el sombrero y solemnemente me dijo: ¡Salud! Ahí tomé la única porción de chicha en un grueso y grande vaso mayoral. “Son de Ucchuraccay...y han venido con su Cruz” , me indicó Alex. Cuando culminamos con el almuerzo y cuando el mayoral empezó a girar también entre los comensales, Alex y yo nos levantamos agradeciendo la generosidad de toda esa gente sencilla, callada pero de un enorme corazón. Miré a lo más profundo de los ojos de cada miembro de aquella generosa familia tratando de encontrar el universo perdido de la bondad. Los miré y quise ser uno de ellos. ¡Bastarda aspiración! “Creo que debemos irnos...La Cruces y el sol me están dañando” , me reclamó Alex haciéndome caminar hacia la camioneta que tuvimos que llevarla a las afueras de la plaza y al lado opuesto donde almorzamos.

A empujones cruzamos la explanada dejando atrás a todo ese gentío sumergido en el significado y posesión de sus CRUCES. Yo también estuve de acuerdo con Alex que deberíamos partir aunque hubiera parecido una canalla deserción. Alex era bastante prudente y no quería que la noche nos sorprendiera en el camino. En mi interior trataba de grabar lo que dejaba pero me era imposible. ¿Qué derecho tenía de hacer con la procesión de las CRUCES una simbólica fotografía si ni siquiera tenía la Cruz que me representara? Recuerdo que todos quedaron en Luricocha dando vueltas y más vueltas a la plaza con sus CRUCES a cuestas para que el espíritu de cada mujer y de cada hombre quedara completamente limpio de toda desgracia. No era muy de tarde, pero así como Alex no quería que volviéramos de noche, yo no quería recibir el FOGONAZO III que podía estar todavía preparando en lanzar contra Luricocha el dios-sol. _______FIN.

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