¡EN AQUEL TIEMPO...!
La llegada a un pueblo, a la adorable pastura de un anexo o a las inmediaciones de solamente una casa en el camino, era muy gratificante en aquellos tiempos de sozobra por toda la región de Ayacucho. Dejando atrás las Pampas de Cangallo y Huanu Huanu, bajamos rápidamente el último serpentín y cruzamos el puente. Nos persignamos ante la gruta de la Virgen María y con el motor en primera de nuestra camioneta, ascendimos a Vischongo, distrito de la provincia de Vilcashuamán. Estaba cayendo la tarde.
Es la hora de la salida de los escolares, indicó *Julián. Y era cierto. Decenas de jovencitas y jovencitos, con los cuadernos bajo el brazo, saltaban sobre los charcos que la lluvia había formado en la calle principal y por donde ingresábamos al pueblo. Era de verlos felices, jugueteando no solamente con las turbias aguas empozadas por la lluvia, sino también con nuestro vehículo que les salpicaba el agua con el rodar de las llantas. Reían a diente pelado y nos saludaban agitando las manos en alto. Nosotros les retribuíamos con venias. Los cabellos y los rostros de los niños eran más brillantes por efecto de la llovizna que todavía caía débil luego de haber sido un fuerte aguacero toda la noche anterior.
En verdad, luego de las sequedades y silencios captados por la carretera sólo unas horas antes, un recibimiento de esa naturaleza nos emocionó y nos hizo parte de ese inusual festejo. Sin pretenderlo, volví a esa edad primera cuando en la otra orilla de la vida, fui también ese niño saltarín y alegre, que con otros de mis desaparecidos amigos, celebrábamos el paso de los camiones por la calle de mi pueblo escapándonos del chispoteo del agua de esas mismas lluvias que nos dejaban totalmente mojados con la consiguiente reprimenda de mi madre. En Vischongo, las risas y los gritos de los niños eran triunfales y me pareció que únicamente faltaba que de los cerros o del cielo todavía encapotado, se impusiera potente un fondo musical como La Fantasía sobre las Hojas Verdes de Vaughan Williams para que nuestro ingreso sea del todo solemne.
¿...EXISTIRÁ UN MUNDO PERFECTO?
Todo lo que recordé y contaba de aquella experiencia me pareció siempre parte de un mundo espiritualmente perfecto. Ahí se me ocurrió la idea de lo que sería la armonía de la vida. Y la entendí como aquel ideal rutilante mediante el cual se le debía agradecer al tiempo porque nos permitía ser parte de la naturaleza y de todas las cosas de este mundo con vida o sin ella. Era la bondad del tiempo al que sólo Dios dominaría con la posibilidad de que éste sea El mismo. En medio de tal felicidad, asumí la pretensión de ser el primer hombre de la tierra que sentía esa sensación. Pero la descarté recordando las duras indulgencias de mi madre. Me afirmé sin embargo -más reverente- en ser el último, porque pensé que casi siempre nadie aspira esa posición y tenía la ventaja de nunca ser envidiado. Alguna vez alguien me habló sobre la teoría de la seducción del olvido. Para aquella ocasión, la seducción del olvido se concebía como la desesperada idea de vivir por lo menos respirando, sintiéndola banal y con cierta dosis de un intelectualismo débil y enfermizo, entendiendo que era mejor vivir para contarla, mejor dicho, dejando que el mundo gire para atrás envuelto en su nube sideral. Emergiendo de estas reflexiones habíamos llegado a la plaza principal de Vischongo y me ubiqué en el tiempo y en el espacio físico que pisaba. Julián mostraba sus documentos a un efectivo del puesto policial donde se hacía el control de rigor de vehículos y de personas de paso por el lugar.
En esas circunstancias bastante incómodas, porque nos revisaban hasta las axilas y las entrepiernas, rumiaba entre armonías y odios sintiendo para ello el fiel de una balanza invisible pero justa. Observé que los policías casi desnudaron a una viuda con sus abusivas revisiones e interpreté en el rostro impávido de esa humilde mujer de campo, que la paciencia no era otra cosa que el ruego y la convicción de seguir viviendo; algo así, como que la única verdad es la situación de las cosas comunes y cotidianas de todos los días. La viuda y yo -estoy seguro- queríamos continuar viviendo en ese paisaje de armonía con el medio; es decir, con la lluvia, el frío, los niños, las sonrisas, con el olor a tierra mojada y con el murmullo lejano del río que se acompasaba con la respiración jadeante de Julián, quien miraba impaciente que su maltratado DNI era cotejado en el cuaderno de requisitoriados.
El caso de llegar a Vischongo, en aquellos tiempos de viajes cortos o largos pero riesgosos por la región debido a la caótica situación de la violencia indiscriminada, lo contraponía al gozo de quien arribaba de vacaciones a la metrópoli de Miami con la amplia facilidad de hacer lo que le venga en gana. Pero nosotros y avisados del nuevo toque de queda, no podíamos ni siquiera estar en la calle de un modestísimo pueblo hasta después de las siete de la noche aún la enorme felicidad de haber llegado sanos y salvos. Esa tarde, teníamos todavía un poco de claridad y después de controlar nos estacionamos con nuestra camioneta, un poco lejos de aquel fortín de sacos de arena y de piedras que defendían abiertamente la base policial. Julián fue a buscar al Alcalde a quién habíamos ido a buscar para entrevistarlo y nos haga conocer como marchaban algunos proyectos que el gobierno regional estaba por ahí ejecutando.
LA SEDUCCIÓN DEL OLVIDO,
¿QUE OBJETO TENÍA?
Solo, con la profundidad de la fachada del modesto templo del lugar, me quedé apreciando el ingreso cauto, lento pero inevitable del anochecer. Era una sombra magnífica que en lo absoluto nadie se resistía ante ella y por eso, tanto los arbustos de la plaza como las escasas personas que caminaban en todas direcciones, tenían el aspecto de una especie de bultos oscuros plantados o desplazándose que confirmaban sin querer el principio del movimiento. Era la hora de la oración. Tuve en ese instante el respeto de recordar nuevamente a mi madre que nos pedía a los hermanos arrear las gallinas a sus dormideros y volver pronto a la cocina. Era la hora de las almas en pena en busca de paz. En fin, en Vischongo estaba muriendo la luz natural y nacería luego la noche. En este tránsito entendí que en la eternidad, esa misma con la que pretendemos alargar nuestra efímera existencia, se agazapaba también el necio desdén que tenemos por el olvido. Olvidamos con torpeza que somos individualidades del universo y por eso buscamos ocupar con otros, sin ni siquiera conocer sus identidades, todo el tiempo de la vida ignorando que sólo estamos un brevísimo momento en la tierra.
Cuando apareció Julián, mis ideas estaban acuchillando a ese mal policía que había registrado a la viuda con un evidente y morboso manoseo. La mujer resistió dignamente. Por eso, cuando comentamos esa incidencia con Julián me pidió el favor que no continuara masacrando con mis pensamientos a ese mal servidor del estado. Hay que llegar al principio de las cosas para conocer sus efectos, me dijo. El policía es un sucio efecto -le repliqué- porque así como se esgrime la norma para imponer o reclamar justicia, no son los estatutos o reglas impuestos sino la conducta orientada por la corrección la que determina para bien o para mal la vida de la gente -agregué- coincidiendo en última instancia con Julián.
Creo que nos extendimos discutiendo más de lo necesario sobre el asunto con mi compañero de viaje y lo que más recuerdo es que luego de confrontar nuestros conceptos, mi entrañable amigo refiriéndose a la forma de actuar de cada persona, dio énfasis al hecho que cuando vamos por el camino de la vida, no deberíamos preocuparnos demasiado con qué ojos nos miraría la gente sino cómo nos miraríamos a nosotros mismos. Deberíamos tener la nobleza de hacer que nos vean tal como somos, apuntó. Y era cierto, tanto como creí en ese momento en la necesidad de hacer transparente ese otro valor de la gratitud con el que siempre se rompe el cristal del olvido y de la indiferencia. Alguna vez lo logré en medios sorprendentemente ajenos a los que por sólo un elemental sentido de razón, lo debí hallar donde entregué una buena parte de la vida que tuve, pero que tropezó con esa fatal seducción del olvido.
¡LA GRATITUD SÓLO EMANA DEL CORAZÓN...!
Ser grato y manifestarlo, tenía un enorme cúmulo de retribución y así era también la armonía que siempre me preocupó debido a ese carácter de ida y vuelta que debían tener todas las cosas. Recibir sin agradecerlo o dar sin el sentido de la entrega, ahorcaba mi sencilla idea de compartir y ser agradecido. En ese sentido, nunca olvidaría a las vendedoras de pan, de frutas y de artículos varios, que ubicadas en la vía pública de junto al mercado en el jr. Libertad de la ciudad de Ayacucho, me prodigaron amistad y afecto. En esta parte no habría funcionado para mi la seducción del olvido, en vista que hasta la señora Fanny que vendía comida a la entrada del saguán de la casa, me gratificaba con su sonrisa y con sus generosas invitaciones de los sabrosos platos típicos que salían de sus manos.
El tradicional barrio de Soquiacato muy al centro de Ayacucho, se ubicó en la ternura que me inspiraban los últimos parpadeos del día en Vischongo aún esas continuas e ingratas constataciones de las ofensas que el pueblo, con el silencio insondable de sus hombres y de sus mujeres, recibía. Con las frutas de la señora Rosa, con las chaplas de la señora Gloria o con el pescado que freía en plena calle mamacha Dionicia, tocaba esa armonía definitivamente humana. Ellas eran mis amigas y su sencillez y modestia me hacían sonrojar a veces. Con ellas aprendí a entender que muchos no necesitan lo que tienen y que otros no tienen lo que necesitan. Los pobres, me decía mirándolas o conversando con ellas, generan también la armonía aún desprovistos de muchos elementos que lo facilitan y que otros lo tienen a veces en demasía pero sin darles valor o aprecio. A este tipo de armonía marginal lo entendía y trasmitía mejor en lugares donde sentía más intensamente el medio rural, pero aún así, estaba seguro que esa percepción la habría tenido también caminando las empedradas calles del viejo barrio de San Sebastián de Ayacucho.
En realidad, siempre me resistí en admitir el presentimiento que algunas personas teníamos en nuestras vidas una red parecida a la tela de una araña donde caían atrapadas nuestras penas, nuestros llantos y nuestras nostalgias, pero, que tanto la araña como nosotros mismos vivíamos adheridos a esa tela donde posiblemente hasta los colores y todo el tamaño de nuestras miserias se hallarían registrados. Alguna vez escuché por Huancavelica que no hay que poseer nada para no ser poseído por nadie. Esta sentencia del saber andino era quizás la equivalencia armónica a la seguridad de que siendo el último se tenía la ventaja efectiva de cancelar el olvido y la derivación absoluta de evitar todas las tentaciones. En Vischongo, reafirmé mi convicción que el mundo era sólo un guijarro del universo y sobre el que estábamos parados tan sólo el instante necesario para saltar a otro.
LAS MUSAS MÍAS
En la indefensa mujer del campo que salió invicta de la vulgar revisión policiaca, se sobrepuso la imagen de esas mis entrañables amigas fruteras o vendedoras de pan, como también lo era la Sra. Bolívar, quien cada vez que me veía por el mercado nunca dejó de colocar en mis manos una bolsa de chaplas calientes recién salidas del horno. El 24 de marzo de l98… esbocé unos versos que decían así:
...Y me gusta sentarme, afuera,
en la puerta de la casa,
ahí, junto a la frutera y mirar el sol.
Me gusta señalar el durazno, ése,
proponerle a un niño un mordizco
y a una muchacha varias tunas.
Me gusta oler la fruta
y mirar enternecida a la frutera.
Ver en sus ojos, dos uvas,
en sus manos, las dos manos de plátanos
que le pidió la casera,
en su cara, dos provocativas manzanas
y, en su boca, una canasta de fresas.
Me gusta inmensamente sentarme
junto a la frutera, disfrutar el calor del sol
y a los que compran, sentirlos que se van.
Y me gusta romper el cajón,
tenderme al sol en su parrilla;
imaginar que le acerco el cielo a esa mujer
y que le dejo una seña de mi amor.
En la puerta de la casa,
me gustará siempre sentarme junto a la frutera.
Sé que oiré su quechua, su risa y su voz,
pero cuánto me gustaría
acercarme a ella, sentir sus ternuras,
aprender sus costumbres,
taparme los ojos
y llorar bajo su tibio delantal.
Aquella tarde reflexiva y de lluvia en Vischongo, Julián me sugirió que vayamos a la casa de nuestro amigo Hugo Zaga para pasar la noche. Cuando estábamos a punto de partir apareció el Alcalde que habíamos estado buscando. Llegó apurado y pateaba el empedrado de la calle tratando de mantenerse recto en medio de una brutal borrachera. No lo habíamos visto nunca antes. Era un hombre maduro, delgado y vestía un terno gris bastante sucio. Pero apenas llegó a nosotros, empezó a sollozar diciendo, «los guardias me han quitado el local del Concejo y no tengo donde trabajar... Por eso no se nada de obras y ni siquiera puedo inscribir una partida de nacimiento... Ellos sí hacen las de defunción a su modo y cobrando....». De repente se apagó su voz y se tapó la boca con la mano derecha como arrepintiéndose y queriendo tragarse lo que había dicho. En la otra mano vimos que llevaba una botella de caña. Julián le rogó que hablaríamos al día siguiente y vimos que el pobre Alcalde se retiró tambaleándose. Antes, nos miró y en sus ojos encarnados y mojados vimos una enorme sensación de frustración y pena.
¡...EL FIN DE LA NOCHE!
Estaba efectivamente terminando el día en Vischongo. Y así como el día, se estaba diluyendo también un arco iris que había dividido nítidamente en dos partes el cielo todavía borrascoso del lugar. En uno de los extremos del arco iris estuvo la olla de oro que por el culto a los meteoros nos hicieron creer y aseguraban nuestros mayores. Admirando la mutación de ese ancho y aún completo arco iris que encantaba con cada uno de sus colores, Julián me comentó que no había nada mejor en el mundo que aquello que se movía en orden y en correcta armonía con el universo todo. Un fuerte abrazo con el profesor Zaga hizo que cayera la noche y si mal no recuerdo, estuvimos hasta la madrugada hablando de muertos y vivos, de los cotidianos maltratos inferidos a la gente, de las obras fantasmas del gobierno y también de desparecidos.______ FIN.
*Julián, Leaño Palomino. Comunicador Social, compañero de viaje y canta-autor del huayno ayacuchano: “SAUCE”.
|